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Cuba Roja, viaje por Cuba en 10 etapas

 

Viaje por Cuba en 10 etapas

Cienfuegos: La Perla del Sur

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El Palacio del Valle, la joya arquitectónica de Cienfuegos

     Situada al sur de la región central de Cuba, la provincia de Cienfuegos, destaca en lo geográfico por su paisaje eminentemente llano, apenas roto por las montañas de Santa Clara y de Guamuhaya, y en lo económico por ser una de las más productivas del país, tanto en el sector agrícola como en el industrial, con sus refinerías, cementeras, fábricas de pienso, embotelladoras de agua…, y hasta una central nuclear, construida, como tantas otras cosas en este país, con dinero ruso y que nunca se llegó a terminar.
En su territorio se encuentran el Refugio de Fauna de la Laguna de Guanaroca y la cascada de El Nicho, lugares ideales para los amantes del turismo de naturaleza.
En la antigua Bahía de Jagua, a la que se accede a través de un estrecho canal, protegido en los tiempos coloniales por el Castillo de Jagua, y unas de las más profundas y amplias de todo el territorio cubano, se encuentra la capital de la provincia: Cienfuegos, la Perla del Sur, merecidamente declarada Patrimonio de la Humanidad, pues su bien cuidado centro histórico es una verdadera joya arquitectónica, de gran influencia francesa y en la que sobresalen edificaciones de estilos diversos que se suceden armónicamente, desde el colonial, al neoclásico, y el art déco.
Aquí encontramos una de las mayores y más hermosas plazas de Cuba: el Parque José Martí, repleto de monumentos y de símbolos históricos. En una de sus esquinas se halla la casa de Louis Clouet, un francés que, a inicios del siglo XIX, fue comisionado por las autoridades de La Habana para que “blanqueara que trató de conseguir con la ayuda de numerosos inmigrantes blancos venidos de Burdeos, Filadelfia y la Louisiana. En la misma plaza se hallan muchas de sus edificaciones” la ciudad, ocupada hasta entonces por una mayoría de población negra, lo más insignes: la Catedral de la Purísima Concepción, con sus hermosas vidrieras de los doce Apóstoles; el Colegio de San Lorenzo, el Teatro Tomás Terry, el Palacio Ferrer, el Museo Provincial, el Ayuntamiento, y hasta el único Arco de Triunfo existente en Cuba. De todos ellos, quizá el más singular es el Palacio Ferrer, un edificio de estilo ecléctico, que conserva aún parte de su refinada construcción, y sobre todo su estilizada torre, desde cuyo mirador, al que se accede por una estrechísima escalera de caracol, se contempla una de las panorámicas más hermosas de Cienfuegos.

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Los pescadores de truchas en el río Damují, Rodas

A la plaza se llega a través del Bulevar, una amplia calle peatonal donde se concentra la vida comercial y turística de Cienfuegos. A media mañana, esta vía, enmarcada por bien cuidadas y bellamente decoradas edificaciones, está llena de gente, que pasea, compra y vende, o se refresca del calor en algunos de sus abundantes bares y terrazas. Muchos turistas hacen fotos y compran artesanía: figuritas de madera tallada, pulseras y collares de semillas, billeteras de cuero, sombreros de yarey, vestidos de lienzo o, los más “comprometidos”, camisetas del Che Guevara y gorras de color verde olivo con la estrella de cinco puntas o la bandera cubana.
El Bulevar tiene su inicio en el Paseo de Prado, la gran avenida que atraviesa la ciudad de un lado a otro: limpia, bien cuidada, con numerosos bancos de hierro forjado, en los que los caminantes pueden hacer un descanso, aprovechando la fresca sombra de las matas que engalanan una de las avenidas más hermosas de Cuba. Y allí donde acaba Prado comienza el Malecón: una larguísima y rectilínea vía, al borde mismo de la bahía, que nos lleva hasta Puntagorda, donde hay una playita en la que se bañan hasta casi el anochecer los cienfuegueros; cerca de ella se conservan algunas casas de madera construidas por los colonos provenientes de Nueva Orleáns, pintadas de bonitos colores y con sus techos de teja francesa. A lo largo del paseo varios lujosos palacetes, que en su tiempo fueron propiedad de las mafias norteamericanas, nos retrotraen a los tiempos de la dictadura de Batista, cuando, según se decía, Cuba era “el gran casino de los Estados Unidos”.

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Puntagorda, al fnal del Malecón de Cienfuegos

Al final del Malecón se encuentra la joya arquitectónica de Cienfuegos: el Palacio del Valle, una edificación singular en la que se armonizan bellamente los estilos mudéjar y bizantino, con el veneciano, el gótico y el barroco. Fue mandado a construir en 1913 por el al asturiano Acisclo Valle, un próspero comerciante “gallego” (emigrante español de la Península) que desembolsó la descomunal cantidad de un millón y medio de pesos de la época.

Como la distancia entre Puntagorda y Prado es larga, y bien pasado el mediodía el sol abrasa como si ardieran “cien fuegos”, para llegar hasta allí tomo un bicitaxi, pintado de mil colores y con la música del dúo “Buena Fe” sonando a todo volumen: “Tengo un catalejo que de lejos todo se ve…, pero si le doy la vuelta no me veo ni la punta del pie.”, un estribillo en el que muchos ven una clara crítica política. El bicicletero resulta ser también un jinetero (pequeño traficante), que durante el trayecto me ofrece ron, tabaco, discos de música, mecheros fosforescentes, y se brinda para llevarme hasta una “paladar” (casa particular que ofrece comidas). Yo no quiero ni comprar ni comer, sino tomar algo bien frío, así que me bajo frente al Coppelia, un lugar donde venden exclusivamente helados. Hay una larga cola de gente esperando para entrar, y cuando me llega el turno el camarero me sienta en una mesa que hay que compartir con otros clientes. Mi compañera de asiento, una mujerona tan lenguaraz como glotona, me pone al día del complicado menú: jimagua, ensalada, canoa, jigüe, vaca blanca y vaca negra… Al final pido una ensalada (varias bolas de helado de todos los sabores) y una vaca negra, una bola de mantecado con un refresco de cola, mientras mis forzosos acompañantes han devorado ya varios platos. Salgo un poco menos sediento y hambriento de lo que entré, pero con la sensación de que apenas me dieron algo más que agua helada mezclada con algo de soja y colorantes.

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El bicicletero de Cienfuegos
 
Casi de frente me tropiezo con el cine Prado, donde proyectan “El Benny”, una coproducción cubano-española sobre Benny Moré, el “Bárbaro del Ritmo”, uno de los mitos de la música cubana de los años 50 y 60 del pasado siglo, que nació muy cerca de aquí, en el pueblo de Santa Isabel de Las Lajas. Y como me apetece ver cine cubano en Cuba, entro. La sala es pequeña, con asientos de madera sin tapizar y desgastados por el tiempo, pero se agradece el frescor del aire acondicionado. El escaso público comenta en voz alta y aplaude con fervor los mejores momentos de esta narración novelada de la vida del cantante, prematuramente muerto a causa del alcohol y las drogas, en la que no faltan los tópicos que tocan más directamente la sensibilidad del cubano: la dictadura de Batista, la llegada de la Revolución, la violencia, el sexo y, sobre todo, la música. Sones, chachachás y boleros, con sabor a nostalgia para los mayores, y a novedad para los más jóvenes, que casi no conocen otro sonido que el de reguetón.
Pasadas las seis de la tarde, hora del cierre comercial, el Bulevar parece un desierto. El ajetreo y la bulla de la mañana han dado paso al silencio y el sosiego. Y así, en el remanso de la noche que apenas se inicia, llego hasta el Palatino, un vetusto café situado en el edificio más antiguo del Parque José Martí, que aún conserva parte de su lujoso mobiliario de caoba. Allí, sentado en una mesa bajo sus altos soportales, junto a unos viejos toneles de roble que algún día debieron contener un buen vino español, quizá canario, me tomo un mojito, y pienso que tal vez sí, que, como cantaba el Benny en su película, Cienfuegos “…es la ciudad que más me gusta a mí”.

 

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